Los mandamientos paternos

A veces, pienso que esas advertencias no eran tanto reglas de seguridad como ritos de iniciación a la paranoia cotidiana. Nos entrenaban para ese miedo difuso que nos acompaña siempre, ese que nos impide apagar el móvil sin razón aparente o que nos hace dudar cuando pagamos con tarjeta y el datáfono tarda más de la cuenta en procesar el pago.

Antes de que el mundo nos diera su bofetada de realidad, antes de que supiéramos lo que era un impuesto o un desamor, nuestros padres nos proporcionaron un código de supervivencia basado en misterios inquebrantables. No eran consejos, eran mandamientos. Normas absolutas cuya violación podía derivar en catástrofes bíblicas.

El primero de ellos: «No te metas en el agua hasta que pasen dos horas después de comer.» Un tiempo sagrado, marcado por relojes invisibles, cuyo incumplimiento prometía el ahogamiento inmediato por corte de digestión. Durante años, imaginamos esas digestiones como bombas de relojería esperando a estallar en cuanto un pie tocara el agua. En la playa, mientras otros niños se zambullían con impunidad, nosotros nos quedábamos en la orilla, contando los minutos como si fuéramos astronautas antes de un despegue.

Luego estaba el temible «No abras la nevera descalzo.» Nadie explicó nunca por qué, pero todos asumimos que la combinación de pies desnudos y frío electromagnético podría resultar letal. Quizá un rayo eléctrico nos recorrería el cuerpo hasta dejarnos en estado vegetal. Quizá despertaríamos en otra dimensión, atrapados en un universo de yogures caducados. El caso es que jamás pusimos a prueba la prohibición.

Otro clásico: «No te tragues el chicle porque se te quedará pegado en el estómago siete años.» Siete. No seis ni ocho. Era el número exacto y aterrador. No importaba que la biología dijera que el cuerpo expulsaba casi todo en cuestión de días. La única verdad era la parental: si te tragabas un chicle, se adhería a tus órganos como una segunda piel, condenándote a una existencia de digestiones comprometidas.

Había más normas: «No te acerques a la tele que te vas a quedar ciego.» «Si te tragas un hueso, te crece un árbol en la barriga.» «Si dices una mentira, se te pondrá la lengua negra.» Mandamientos que no admitían réplica y que seguimos respetando incluso en la adultez, no por lógica, sino por fidelidad a una superstición que nos protegió de peligros inexistentes.

A veces, pienso que esas advertencias no eran tanto reglas de seguridad como ritos de iniciación a la paranoia cotidiana. Nos entrenaban para ese miedo difuso que nos acompaña siempre, ese que nos impide apagar el móvil sin razón aparente o que nos hace dudar cuando pagamos con tarjeta y el datáfono tarda más de la cuenta en procesar el pago.

El otro día, abrí la nevera descalzo. Me quedé un rato esperando a ver qué pasaba. Nada. Ni un chispazo, ni una implosión. Pero cerré rápido, por si acaso.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *